Polla dura empotra a colegial mojada en prisión
El pobre chavalito no sabía que su prenda favorita era su uniforme de colegio hasta que lo vio temblando con esos pantalones ajustados y esa camisa blanca que se le pegaba al cuerpo cada vez que sudaba. La directora, una zorra de tetas gigantes que llevaba años reprimiendo sus ganas de metérsela hasta la garganta, lo llamó a su oficina con la excusa de un castigo inventado. Al entrar, el chico se encontró con ella sentada en el borde del escritorio, con la falda levantada hasta la cintura mostrando unos muslos gruesos y un tanga negro empapado que dejaba poco a la imaginación. Sin mediar palabra, la mujer agarró su cinturón y lo soltó con un golpe seco, dejando al descubierto una polla enorme y morada que apuntaba directo al cielo. El pobrecito no pudo evitar que se le escapara un gemido cuando ella se agachó y le lamió el glande con una lengua experta, chupando con fuerza mientras le masajeaba los huevos con una mano. La directora se quitó el sujetador de golpe, dejando caer unas tetas pesadas y blancas que rebotaban al ritmo de sus movimientos bruscos, y el chico no pudo resistirse más: la empujó contra la pared y le arrancó el tanga de un tirón, dejando su concha depilada y brillante lista para ser devorada. Ella gritó cuando él le metió dos dedos dentro mientras le mordisqueaba el cuello, y en segundos ya estaba empalada contra su polla, sintiendo cómo se le clavaba hasta las entrañas con cada embestida salvaje. Los gemidos de ella resonaban en el cuarto de castigos, mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, mientras él la levantaba del suelo agarrándola de las nalgas y la empotraba contra la puerta, haciendo que el cristal temblara con cada golpe. La polla le llegaba tan adentro que ella sentía el corazón del chico latiendo dentro de su coño, y cuando él le ordenó que se corriera sobre su verga, no pudo evitar obedecer, gimiendo como una perra en celo mientras el semen le inundaba las entrañas. Para cuando terminaron, el chico estaba agotado, con la cara enterrada entre sus tetas sudorosas, y ella, satisfecha, se limpió el coño chorreante con la camisa del uniforme antes de mandarlo de vuelta a clase con una sonrisa pícara. El pobre no volvió a mirar el uniforme de la misma manera, y menos mal que nadie lo vio salir con los pantalones manchados de leche y el culo rojo de tanto azote.