Surfista musculoso se deja empotrar duro por primera vez
El moreno de ojos claros llegó a la playa con su tabla bajo el brazo y el cuerpo chorreando sudor después de surfear bajo el sol abrasador. No contaba con que el dueño de la cabaña, un rubio de cuerpo esculpido y polla gruesa como un tronco, lo tendría esperando con un plan sucio en mente. Desde que lo vio pasar con ese traje de baño ajustado que marcaba cada músculo, no pudo evitar imaginarse cómo se vería ese culo prieto apretando sus caderas. Lo agarró del pelo mojado y lo empujó contra la pared de madera de la cabaña, arrancándole un gemido ahogado cuando la lengua del rubio le lamió el cuello antes de bajar con ansias hacia sus abdominales marcados. Le chupó la polla con desesperación, sintiendo cómo se le endurecía aún más al probar ese sabor salado mezclado con el aroma a mar y cloro, mientras los dedos del surfista se enredaban en su pelo sudado. No duró mucho la mamada: el rubio lo giró de golpe, le bajó el short de surf hasta las rodillas y le escupió en el culo antes de hundir la polla hasta el fondo sin piedad. Los gemidos se volvieron gritos cuando las embestidas lo dejaron sin aliento, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el aire junto a los gruñidos del rubio, que no paraba de maldecir en portugués mientras lo empotraba contra la pared. El surfista, con las piernas temblorosas y el coño bien abierto, no pudo aguantarse más y se corrió a chorros contra el muslo del rubio, quien lo siguió segundos después con un rugido gutural, llenándole el culo de leche espesa mientras le mordisqueaba el hombro sudado. Quedaron ahí, jadeantes, con el cuerpo del moreno temblando por el subidón, mientras el rubio le susurraba al oído lo bien que le había quedado ese primer polvo anal, prometiendo repetirlo hasta que no pudieran caminar.