Elfa caliente chupa polla a duende en video
La elfa Lucy no podía aguantar más las miraditas que le echaba Elfman cada vez que pasaba por su taller, con esa verga dura que se le marcaba bajo los pantalones de cuero ajustados. Sin pensarlo dos veces, le agarró de la cintura y la arrastró contra la mesa llena de pergaminos y pociones, donde su coño ya estaba empapado de anticipación. Él le arrancó el pequeño vestido de hojas secas que llevaba puesto, dejando al descubierto unos pechos firmes y rosados mientras ella se mordía el labio inferior con ojos de puta hambrienta. Elfman sacó su polla gruesa y palpitante, tan larga que le colgaba hasta más abajo de las bolas pesadas, y se la restregó contra la cara de Lucy, que no pudo evitar soltar un gemido ronco antes de abrir bien la boca y empezar a chupársela con movimientos lentos pero profundos, lamiendo cada vena hinchada hasta dejarla brillosa y mojada por su saliva. Él le sujetó la cabeza con fuerza, empalándola contra su verga cada vez que ella intentaba retroceder, mientras sus tetas rebotaban al ritmo de sus embestidas brutales. Lucy se deshizo de sus bragas de tela mágica, que se desintegraron al contacto con el aire, y se subió a la mesa de un salto, arqueando la espalda para ofrecerle ese culo prieto y redondo que tanto le gustaba azotar. Elfman no perdió tiempo: le escupió en el coño para lubricarlo mejor y se clavó dentro de ella de un solo empujón, haciendo que la elfa soltara un alarido que resonó en todo el bosque encantado. Las paredes temblaron con cada embestida salvaje, su verga golpeando ese punto que la hacía ver estrellas, mientras Lucy se agarraba a los bordes de la mesa con las uñas negras de tanto arañar la madera. Él le agarró de las caderas y la levantó como si no pesara nada, follándosela de pie mientras le lamía el cuello y los hombros, dejando marcas de dientes que luego lamió con la lengua para saborear su sudor salado. El coño de Lucy se contraía alrededor de su polla cada vez que él se hundía hasta el fondo, sintiendo cómo su leche espesa empezaba a hervir dentro de sus bolas antes de dispararse en chorros calientes que le llenaron el útero hasta rebosar, goteando por sus muslos mientras ella se corría gritando su nombre como una maldita, con los muslos temblorosos y el coño tan empalado que no podía ni cerrar las piernas.