Chico árabe se deja empotrar en la cama duro
Ese moreno de barba recortada llevaba semanas coqueteando con miraditas desde el balcón, pero hoy por fin se dejó tocar sin resistirse cuando lo agarré de la cintura y lo empujé contra el colchón. Le bajé el pantalón ajustado de un tirón y su culo prieto quedó al aire, temblando de ganas mientras él se mordía el labio inferior con esos ojos negros que me volvieron loco. Sin perder tiempo le escupí en el agujero bien apretado y con un dedo lo abrí un poco, sintiendo cómo su carne ardía bajo mis yemas. Él gimió fuerte cuando le metí la punta de la verga, gruesa y palpitante, y empezó a empalarse él mismo contra mí, jadeando cada vez que su culo se tragaba más polla. Lo agarré de las caderas con fuerza y lo empotré contra el cabezal, haciendo que su verga rebotara entre sus piernas mientras sus gritos ahogados llenaban la habitación. El sudor le corría por la espalda ancha y musculosa, marcada por el sol del desierto, y cada embestida le sacudía los huevos pesados que chocaban contra mis muslos. Él se corrió primero, disparando chorros gruesos sobre las sábanas blancas mientras su cuerpo se arqueaba en un espasmo de placer, pero yo no pensaba parar ahí. Le di la vuelta con rudeza y lo puse a cuatro patas, clavándole la polla hasta el fondo y sintiendo cómo su agujero me apretaba como un puño caliente. Los gemidos se volvieron más agudos, mezclados con maldiciones en árabe que sonaban más sucias que cualquier palabra en español, y ahí supe que no iba a durar mucho. Con un último empujón profundo lo llené de leche espesa, sintiendo cómo su culo se contraía alrededor de mi verga al correrse por segunda vez, esta vez conmigo dentro. Cuando por fin nos dejamos caer sobre la cama, él quedó con la cara enterrada en las almohadas, jadeando como si no hubiera aire en la habitación, mientras yo lamía el sudor salado de su cuello y le susurraba al oído lo bueno que estaba ese culito árabe.