Polla enorme en boca de musculoso latino
El moreno de Barcelona no se anduvo con rodeos: en cuanto lo vio entrar al bar con esa camiseta ajustada que le marcaba cada músculo del pecho, le agarró por el cuello y lo besó como si le debiera la vida. La lengua le recorrió los labios gruesos mientras una mano le apretaba el culo prieto, sus dedos hundiéndose entre las nalgas palpitantes. Él gemía contra su boca, sintiendo cómo la polla dura como una roca le rozaba el vientre, lista para más que un simple chupetón. Sin perder tiempo, el latino lo empujó contra la pared del callejón oscuro, le bajó los pantalones de un tirón y se arrodilló para lamerle el prepucio hinchado con movimientos circulares lentos. Cada lametazo lo hacía jadear más fuerte, mientras sus caderas se movían solas buscando más. El musculoso le escupió en el culo, frotando la saliva con los dedos antes de empujarle la punta del capullo contra el agujero bien apretado. Un gruñido gutural escapó de su garganta cuando la polla entró de un solo envite, estirándolo hasta el fondo sin piedad. Las embestidas eran brutales, el sonido de los huevos golpeando contra su culo resonaba en el silencio del lugar, mezclado con los gemidos ahogados y los jadeos de placer. Él le suplicaba que no se detuviera, clavando las uñas en los hombros bronceados mientras la leche espesa le llenaba la garganta una y otra vez, hasta que ambos acabaron temblando contra la pared, sudorosos y completamente saciados. El sabor a sal le quedó pegado en la lengua, pero no le importó ni un pelo: al fin había probado lo que tanto ansiaba.