El árabe de verga gruesa vuelve con dos sesiones explosivas
Karim ya estaba empalmado cuando se quitó la toalla después del entrenamiento, sus abdominales marcados brillaban bajo el aceite que se le escurría por el torso peludo mientras sus dedos se enredaban en el pelo negro y abundante del novato que lo miraba sin poder creer lo que tenía delante. El chico, de cuerpo fibroso y axilas velludas, no pudo resistirse al ver esa polla monstruosa que le colgaba entre las piernas, gruesa como un brazo y con las venas palpitando bajo la piel aceitada, lista para reventar cualquier agujero que se le pusiera a tiro. Sin pensarlo dos veces, el moreno lo agarró por la nuca y lo empujó contra el espejo del vestuario, sintiendo cómo la verga le rozaba el culo prieto mientras le susurraba al oído lo que iba a hacerle con esos pies enormes que le pisaban los dedos con cada embestida. El novato gimió cuando Karim le mordió el lóbulo de la oreja y le escupió en el culo, preparándolo con los dedos antes de empotrarlo contra la pared con un golpe seco que los dejó a ambos jadeando, el aceite mezclándose con el sudor y el líquido preseminal que ya le goteaba por los muslos al pobre chico. La primera corrida fue brutal: Karim lo levantó por las caderas sin esfuerzo, clavándosela hasta la garganta mientras el novato se ahogaba con sus gemidos, sus huevos golpeando contra el culo del moreno con cada embestida hasta que ambos explotaron en un orgasmo simultáneo que dejó manchas blancas en el espejo empañado y en el pecho velludo del árabe, que no contento con eso, lo volteó boca abajo y se la metió por detrás sin piedad, usando sus pies para aplastarle la espalda y obligarlo a aguantar cada embestida hasta que una segunda corrida lo dejó temblando, con la polla aún dura y goteando semen espeso por todas partes. El chico, rendido y con las piernas temblorosas, solo atinó a dejarse caer al suelo mientras Karim se limpiaba los restos de leche de los abdominales y se masturbaba sobre sus pies gigantes, dejando caer otro chorro espeso sobre los dedos antes de venirse con un gruñido gutural que resonó en todo el vestuario vacío.