Follada brutal con pollón enorme en Barcelona
El moreno de cuerpo marcado llegó directo a la cama sin perder tiempo, la polla dura como un hierro y goteando gotas de pre-semen que le resbalaban por los muslos al caminar. Nada más verlo, el chico se lamió los labios y se dejó caer de espaldas sobre el colchón, abriendo las piernas de par en par para mostrar el culo bien apretado y ese coño virgen que pedía a gritos ser reventado. El macho no necesitó más invitación: se lanzó encima con un gruñido animal y le clavó la verga hasta el fondo de un solo empujón, arrancándole un alarido que le hizo temblar las paredes del cuarto. Las embestidas eran brutales, cada una más profunda que la anterior, el sonido de los choques de carne húmeda llenando el aire mientras la cama crujía sin piedad. El novato agarraba con fuerza las sábanas, los dedos enredados en ellas mientras el sudor le corría por la espalda y le escocía en los ojos. Cada vez que el otro le llenaba hasta el fondo, le salía un gemido ahogado que se mezclaba con los gruñidos guturales del macho, que no paraba de maldecir entre dientes mientras le follaba sin piedad el culo estrecho. El lubricante natural ya no era suficiente, la piel resbalaba pero la polla seguía entrando y saliendo con un ritmo infernal, los huevos golpeándole las nalgas con cada envite. Cuando el moreno le mordió el hombro para ahogar un grito de placer, el chico notó cómo el calor le subía por la espalda y supo que no aguantaría mucho más. Fue entonces cuando el macho le agarró por las caderas y lo dio la vuelta como si no pesara nada, poniéndolo a cuatro patas para empotrarlo aún más fuerte desde atrás. Las embestidas se volvieron más salvajes, la verga golpeándole el punto prostático una y otra vez hasta que el chico no pudo contenerse y se corrió con un chorro espeso que le manchó las sábanas y le dejó el pecho temblando. El moreno no tardó en seguirle, gruñendo como un animal mientras le llenaba el culo de leche caliente hasta que ya no quedó ni gota dentro de él. Los dos quedaron jadeando, pegajosos de sudor y semen, con el olor a sexo inundando la habitación mientras el eco de los gemidos aún resonaba en las paredes.