El culo rosita del vecino se empotra sin parar
Llevaba semanas espiando por la ventana cómo se movía ese culito rosadito cada vez que bajaba a comprar pan sin pantalones. Hoy ya no pudo resistirse y, sin aviso, lo agarró por la cintura mientras el pobre se atragantaba con el café. Entre risas nerviosas y gemidos ahogados, la polla bien dura se hundió en ese culo prieto que ya goteaba sin control. Las embestidas eran brutales, con cada golpe la carne vibraba y los suspiros se convertían en gritos agudos que resonaban en las paredes del edificio. El chico, con las manos temblorosas, se dejó llevar por el placer y empujó el culo hacia atrás buscando más, sintiendo cómo la verga entraba hasta el fondo cada vez que lo empotraba contra el sofá. Los dos estaban sudorosos, la piel brillaba bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana, y los ruidos de carne chocando se mezclaban con los gemidos roncos del más joven. No pasó mucho antes de que el mayor, con los ojos inyectados en lujuria, le agarrara las nalgas con fuerza para abrirlo más y correrse dentro de ese agujero que lo volvía loco. El pobre se dejó caer sobre la mesa del comedor, con las piernas temblorosas y la boca abierta buscando aire mientras el otro le escupía en el culo antes de lamerlo lentamente, limpiando los restos de leche que ya empezaban a gotear por los muslos. El más joven no pudo evitar reírse, con la voz ronca de tanto gritar, mientras se giraba para mostrarle el coño mojado que ya estaba pidiendo más, pero esta vez fue él quien se arrodilló para chupar cada gota del esperma que seguía saliendo. El sabor salado le encantaba, y no tardó en correrse otra vez, esta vez sobre su propia mano, mientras el otro lo observaba con una sonrisa pícara y una polla que ya empezaba a crecer de nuevo.