Madrastra atrapa a su hijastro follando con rubia cachonda
La muy zorra de la rubia no podía dejar de gemir mientras mi hijastro le clavaba la verga hasta el fondo, su coño empapado chorreando por cada embestida brutal que le daba contra el escritorio de la sala. Yo llegué sin hacer ruido, con el corazón a mil y la polla dura como una piedra al ver cómo esa puta se retorcía de placer mientras él le agarraba los pechos llenos con fuerza, apretando sus pezones rosados hasta que ella chilló de dolor mezclado con lujuria. Sin pensarlo dos veces, me desnudé rápido y me acerqué por detrás, deslizando mis dedos entre su culo prieto para humedecerlos con los jugos que le resbalaban por los muslos, sintiendo cómo el calor de su piel me quemaba las yemas. Ella abrió los ojos, sudorosa y con la boca entreabierta, y al verme ahí con la verga palpitando, me suplicó que la empotrara también, así que sin piedad le levanté una pierna y se la metí hasta la garganta, sintiendo cómo su lengua chupaba cada centímetro mientras su novio le follaba el coño a fondo. Los gritos llenaron la casa cuando cambié de posición, poniéndola de espaldas sobre el sofá y abriéndole las piernas para hundirme en su carne húmeda, su clítoris hinchado rogando por más mientras mi hijastro se la comía el culo a lametones, enloqueciéndola. Los tres estábamos sudando, la piel pegajosa, los gemidos ahogados en saliva y sudor, hasta que ella se corrió gritando, su coño apretando mi verga como un torno mientras el hijastro le disparaba leche caliente en la cara, manchándole las tetas firmes y la boca abierta de leche espesa que ella lamió con avidez antes de que yo me vaciara dentro de su culo estrecho, dejando cada gota de mi corrida profunda donde nadie más había estado. La rubia quedó hecha un desastre, con el maquillaje corrido, los pelos pegados a la frente y el cuerpo temblando de placer, mientras nosotros nos reíamos satisfechos sabiendo que esa no sería la última vez que nos enredáramos en su cuerpo de puta adicta al sexo duro.