Lesbianas sumisas adoran mi polla de futanari
Lucía se retorcía debajo de mí, suplicando con los ojos vidriosos mientras le agarraba el pelo y le hundía la boca hasta las pelotas, su garganta tragando cada centímetro de mi verga de silicona. Las dos putas gemían como perras en celo, arrodilladas y esperando a que les ordenara chupar, lamer, tragar, siempre con mis manos marcando sus caderas. A la otra, a Carla, la hice girar, le bajé los pantalones y le abrí el culo para que viera mi polla brillante de saliva antes de empotrarla de una sola estocada. Gritó, pero le tapé la boca con la mano mientras la embestía, sintiendo cómo su coño apretado me chupaba como una aspiradora. Lucía no aguantó y empezó a masturbarse contra mi pierna, sus dedos deslizándose frenéticos sobre su clítoris hinchado, rogando que le dejara correrse. Le dije que no, que primero tenía que limpiarme la polla con su lengua, y la muy puta se abalanzó sobre mí como una hambrienta. Carla, con el coño en llamas y el culo lleno de mi semen, lloraba de placer mientras le daba vuelta para llenarle el trasero, hinchado y rojizo, de otra carga. En más de 12 minutos, las dos aprendieron que aquí mando yo, que sus cuerpos son míos para usar cuando quiera, y que si quieren mi polla, tienen que obedecer. Cuando les di permiso de correrse, fue tan intenso que el líquido les salió a chorros, empapándome el vientre y las manos mientras seguían gimoteando, completamente a mi merced.