La pelirroja en cuatro pide que le claven el culo duro
La esposa del cornudo llevaba días mordiéndose los labios cada vez que su marido se ausentaba, pero hoy la cosa iba en serio. Con las tetas enormes apretadas contra el colchón y el culo bien alto, se ha puesto a cuatro patas en su propia cama emperifollada con lencería de encaje negro que apenas tapa sus pezones duros como piedras. Se agarra las nalgas con ambas manos, separa los cachetes con los dedos y deja ver ese coño rosado y peludo que suelta un hilito de jugos mientras gruñe 'metemela por el culo, cabrón, que me tienes loca'. La polla del cornudo —siempre dura como una roca— no se hace esperar: se la clava de un envite hasta los huevos sin piedad, haciendo que la morra grite como una loca y se le escurra el carmín de los labios al morder la almohada. Cada embestida le levanta las tetas que rebotan con cada golpe, y el sonido húmedo de carne contra carne resuena en toda la casa mientras él la agarra del pelo para empotrarla más fuerte. La morra arquea la espalda, los pezones rozan las sábanas y suelta un gemido gutural cuando él le mete dos dedos en la boca para que le chupe mientras sigue dándole por el orto sin compasión. El olor a sexo y sudor inunda la habitación, y ella no para de repetir 'más fuerte, más fuerte' con la voz tomada por el placer. Cuando siente que se aproxima la corrida, se agarra con más fuerza de las sábanas y empuja el culo hacia atrás para recibirla toda, sintiendo cómo se le llena el recto de leche caliente mientras suelta un chorro de flujo que le empapa las bragas de encaje. El cornudo no se detiene ni un segundo, sigue empalándola con furia hasta que los dos caen exhaustos sobre la cama, ella con la cara pegada al colchón y él con la polla todavía palpitando dentro de ese culo que le ha robado el alma.