Mujer madura de curvas gruesas se come la polla antes de empotrarse
La señora Lynn no pierde el tiempo, en cuanto el tipo se baja los pantalones le agarra la polla con ambas manos y se la mete hasta la garganta sin dudar, chupando con esos labios carnosos que parecen hechos para mamarla bien. Sus tetas grandes y naturales rebotan cada vez que inclina la cabeza hacia adelante, apretando los pezones duros contra la tela ajustada que apenas cubre su culo gordito pero bien puesto. Él gruñe fuerte cuando ella le lame el tronco desde la base hasta la punta, deteniéndose en el glande para saborear cada gota de líquido preseminal que ya asoma. La mujer jadea con la boca llena, sus gemidos ahogados hacen vibrar la polla mientras sus caderas se mueven solas, ansiosa por sentirla dentro de ese coño empapado que ya gotea entre sus piernas. Sin avisar, la suelta con un chasquido húmedo y se lanza de espaldas sobre la cama, levantando esas nalgas enormes para que él vea cómo su raja brilla bajo la luz. El cabrón no se hace rogar, se sube encima y le clava la verga de una sola embestida que la hace gritar con voz de puta desesperada, sus tetas temblando con cada topetazo que le hunde el culo en el colchón. La carne choca contra carne con un ruido obsceno, los muslos de ella se enredan en su cintura mientras sus uñas le arañan la espalda, dejando marcas rojas que pronto quedarán cubiertas por el sudor que les corre por todo el cuerpo. Lynn no para de babearle la polla con los muslos, apretando con fuerza cada vez que él se retira casi por completo antes de volver a empalarla hasta el fondo, haciendo que sus jugos resbalen por las piernas y manchen las sábanas. Los gemidos se convierten en aullidos cuando él le agarra las tetas desde atrás y le clava los dientes en el hombro, mordiendo con fuerza mientras sus caderas redoblan el ritmo hasta que ambos sienten el calor del clímax acercándose como un tren descontrolado. Ella se corre primero, gritando una sarta de improperios mezclados con su nombre, su coño ordeñando la polla hasta que él no aguanta más y se corre dentro con un rugido, llenándola de leche caliente que se escurre por sus nalgas al instante. La mujer se queda tirada, jadeando, con la espalda pegada al colchón y las piernas temblorosas, mientras él le lame los pechos uno por uno antes de caer rendido a su lado, ambos sudados y satisfechos de haberla dejado más mojada que nunca.