Chico de gimnasio se deja empotrar bien duro
El culito prieto y marcado del chico de la academia no paraba de moverse mientras se agachaba a recoger la toalla, dejando ver cómo se le marcaban las nalgas cada vez que flexionaba. El entrenador, un macho musculoso con los abdominales bien definidos, no pudo resistirse y lo agarró por la cintura con fuerza, pegando su polla dura contra ese culo que suplicaba ser follado. El joven, nervioso pero excitado, gimió cuando sintió la verga del tipo rozándole el ano, mordiéndose el labio inferior mientras le susurraban al oído lo puto que estaba por aguantar tanto tiempo sin correrse. Las embestidas empezaron lentas pero se volvieron brutales en segundos, el sudor del entrenador resbalando por su espalda mientras lo empotraba contra la pared del vestuario, donde los espejos reflejaban cómo su culo se abría cada vez que la verga entraba y salía sin piedad. El chico, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, no podía evitar gritar cada vez que la punta le rozaba esa zona que lo volvía loco, sintiendo cómo el coño que llevaba dentro se llenaba de leche espesa mientras el macho se corría dentro sin condom, marcándolo como suyo. El olor a sexo y sudor inundaba el ambiente mientras el entrenador le agarraba el pelo y le obligaba a mirarlo a los ojos mientras su polla seguía moviéndose dentro, lenta pero implacable, hasta que el joven no pudo más y se corrió sobre sus propias piernas, temblando de placer con cada chorro que le llenaba las entrañas. El moretón en sus nalgas y las marcas de los dedos en sus caderas no dejaban duda: esa noche no sería la última vez que se dejara empotrar así de duro, con la polla bien gorda del tipo rompiéndole el culo una y otra vez hasta dejarlo hecho un guiñapo sudado y satisfecho.