Castigo con vara a la hija del granjero
María llevaba días provocándome con esas miradas de niña buena que esconde una perra en celo. Hoy por fin le di su merecido. La agarré del pelo y la arrastré al granero, sus gemidos ahogados mientras le bajaba esos pantalones cortos de vaquera. La vara de bambú ya la esperaba, fría y dura como mi corazón. '¿Crees que puedes burlarte de mí, zorra?' Le levanté la falda y le bajé las braguitas, dejando su culo rosado al aire. El primer golpe la hizo gritar, pero el segundo ya le arrancó lágrimas. '¿Te gusta, puta?', le pregunté mientras la vara dejaba marcas rojas en su piel. Para el décimo azote ya estaba mojada, su coño brillando entre las piernas. 'Por favor, más', suplicó, y yo no pude resistirme. La empujé contra el heno y le metí los dedos, sintiendo cómo se apretaba alrededor. 'Así que esto es lo que querías, ¿eh?', le susurré al oído mientras le daba la vuelta y le hundía la cara en el montón de paja. El castigo con vara solo había sido el principio. Cuando terminé con ella, ni siquiera podía caminar recta. Su padre nunca supo que su hija aprendió a gemir como una puta esa tarde.