Twink masturbándose en biblioteca con su verga monstruosa
Evgeny Twink no aguantó más. Entre los estantes polvorientos de la biblioteca, con el sonido de páginas pasando de fondo, mi mano se deslizó bajo el pantalón. La tela del jean rozaba mi verga de 23 centímetros, dura como piedra, palpitando con cada latido. Sabía que estaba mal, que alguien podía entrar en cualquier momento, pero eso solo hacía que mi polla se pusiera más rígida. Me imaginé a ese chico de la mesa de al lado, el de los pantalones ajustados, mirándome mientras me bajaba el cierre. Con un gemido ahogado, saqué mi monstruo al aire, la punta ya brillando con pre-semen. Las manos temblorosas se cerraron alrededor del tronco grueso, sintiendo cada vena bajo los dedos. 'Esto está mal, pero qué rico', pensé mientras empezaba a mover la mano con movimientos lentos y tortuosos. La cabeza de mi polla se enrojeció más con cada pasada, el glande hinchado pidiendo a gritos atención. Me incliné hacia atrás en la silla, dejando que mi otra mano se colara bajo la camiseta para pellizcar mis pezones rosados. El placer subía como una ola, caliente y inevitable. Cuando el orgasmo llegó, fue como un relámpago: mi verga se sacudió violentamente, disparando chorros espesos de leche que salpicaron los libros abiertos sobre la mesa. Un charco blanco se formó entre las páginas de 'Cien años de soledad', marcando mi pecado literario.