Rubia tetona se deja empotrar en el cine
Los asientos del cine crujían bajo ella mientras la morena de tetas enormes se retorcía con la polla bien dura dentro de su coño mojado, sus gemidos ahogados entre las palomitas que se le escapaban de las manos. Él la había arrinconado entre las butacas del fondo, donde la oscuridad era perfecta para que nadie viera cómo le arrancaba el tanga negro de un tirón antes de clavarle la verga hasta que sus caderas chocaban con el culo prieto de ella. La rubia, con los labios pintados de rojo sangre, no pudo evitar gemir más fuerte cuando sintió la polla gruesa hurgando en su coño empapado, sus pezones duros rozando contra el vestido ajustado que le habían arrancado a medias. Entre susurros obscenos, él le ordenó que se agachara sobre el reposabrazos, y ella obedeció sin dudar, con las tetas colgando libres y el culo en pompa, listo para recibir embestidas que la hacían temblar. Cada vez que la polla entraba hasta el fondo, sus muslos temblaban y un chorro de jugos le resbalaba por los muslos, empapando las butacas de terciopelo. Él, con los huevos bien cargados, le agarró la melena rubia y le estiró la cabeza hacia atrás mientras le susurraba al oído lo puta que era, cómo su coño chorreante no podía resistirse a una polla así. Las luces parpadeantes del cine se reflejaban en el sudor que les cubría la piel, mezclándose con el olor a sexo y a palomitas rancias que flotaba en el aire. Cuando ella sintió que la polla se hinchaba dentro de su coño, supo que estaba a punto de correrse, así que se mordió el labio inferior para no gritar mientras la leche espesa le llenaba las entrañas a chorros, manchándole las tetas y el vestido que ya no tenía remedio. Él, lejos de parar, siguió empotrándola con fuerza hasta que ella se corrió de nuevo, esta vez con un orgasmo que le hizo arquear la espalda y soltar un gemido ronco que resonó en la sala vacía. Solo entonces, con las piernas temblorosas y el coño bien follado, la rubia se dejó caer sobre su pecho, jadeando y sintiendo cómo los últimos espasmos de su corrida le recorrían el cuerpo mientras él le lamía los pezones empapados de sudor.