Rubia sexy no aguanta empotrada brutal con polla gigante
Ella llegó a la fiesta con ese vestido ajustado que le marcaba el culo prieto y los pechos duros como piedras, pero nadie imaginaba lo que escondía bajo la seda: una zorra deseosa de que la llenaran hasta reventar. Él, con esa verga gruesa que le colgaba pesada entre las piernas, no pudo resistirse al verla lamerse los labios mientras le clavaba la mirada a su entrepierna. En cuanto la agarró del pelo y le hundió la cara en su regazo, ella no pudo evitar gemir con la boca llena, saboreando cada vena palpitante de su miembro mientras le chupaba con desesperación. Él la empujó contra la pared, le subió el vestido hasta la cintura y le arrancó las bragas de un tirón para dejar al descubierto ese coño empapado que suplicaba por una follada salvaje. Con las uñas clavadas en los muslos de él, ella le rogó que la empotrara fuerte, que le llenara el culo de leche caliente hasta dejarla temblando. Él no necesitó más invitación: la levantó en vilo, le abrió las nalgas con las manos y le metió la polla hasta el fondo con un golpe seco que la hizo gritar de puro placer. Cada embestida le sacudía el cuerpo entero, sus tetas botaban al compás de los golpes brutales mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba obscenidades al oído. Ella, con los ojos en blanco y la boca entreabierta, no podía articular palabra, solo jadeos rotos y gemidos ahogados cada vez que él le llegaba hasta el fondo del coño, haciendo que sus jugos resbalaran por el muslo. Cuando sintió que el orgasmo le recorría la espalda como un relámpago, él la giró de golpe, la puso a cuatro patas y le clavó la verga hasta el fondo una y otra vez, hasta que los dos estallaron en un clímax explosivo que los dejó jadeando y sudorosos en el suelo, con las piernas temblorosas y el cuerpo marcado por el placer más intenso que habían sentido en años.