Chica sexy se deja empotrar duro por el negro musculoso
Ella llegó con ese cuerpo de escándalo, caderas anchas y culo prieto que le roba la mirada a cualquiera al pasar, pero hoy no es un cualquiera quien la va a domar. Él, alto y fibroso como un atleta, la agarró por la cintura con esas manos grandes y callosas mientras ella se mordía el labio inferior, sudando de anticipación. La levantó como si no pesara nada y la lanzó contra la cama, donde el colchón crujió al recibir el impacto de su culo redondo y bien marcado. Sin perder tiempo, él se quitó la camiseta sudada y dejó al descubierto un pecho duro como roca, con esos abdominales marcados que se contraen cada vez que respira fuerte. Le arrancó el vestido ajustado de un tirón y el sonido del tirón del cierre resonó en el cuarto como una promesa de lo que vendría. Ella gimió cuando él le apretó las tetas con fuerza, los pezones ya duros y sensibles al tacto brutal de sus dedos, mientras con la otra mano le metía dos dedos gruesos en el coño empapado que no dejaba de gotear. Él se agachó y le lamió el clítoris hinchado con movimientos circulares y lentos, saboreando el sabor salado de su excitación mientras ella se retorcía de placer, las piernas temblorosas y los muslos temblando. Pero no era suficiente, claro que no. Él se paró frente a ella con esa verga monstruosa, gruesa como su muñeca y larga como para partirla en dos, y le ordenó con voz ronca que se pusiera en cuatro. Ella obedeció al instante, el culo en pompa, el coño abierto y chorreante listo para recibirlo. La primera embestida la hizo gritar, los ojos se le pusieron en blanco y la boca se le abrió en un aullido ahogado cuando él la empaló hasta las pelotas, llenándola por completo con cada envite brutal. Él no aflojaba, las caderas golpeando contra su culo con fuerza descomunal mientras le agarraba los pechos con ambas manos, clavando los dedos en su carne tierna. Ella no paraba de gemir, la voz ronca y entrecortada, los jugos resbalando por sus muslos y formando un charco bajo sus rodillas. Él le escupió en el culo, lubricando el camino antes de clavarle la verga hasta el fondo una y otra vez, el sonido de los cuerpos chocando llenando la habitación como música obscena. Ella se corrió primero, el coño convulsionando alrededor de su polla mientras gritaba su nombre con voz desgarrada, los dedos arañando las sábanas. Él no se detuvo, siguió embistiéndola con saña, los huevos golpeándole el clítoris cada vez que se hundía hasta el fondo, hasta que sintió cómo se le tensaban las pelotas y supo que no aguantaría más. Con un gruñido gutural, se sacó la verga y se corrió sobre su culo prieto y tembloroso, los chorros gruesos y calientes resbalando por su espalda mientras ella seguía gimiendo, exhausta pero con una sonrisa perezosa de satisfacción. La dejó tirada en la cama, el cuerpo marcado por sus manos, el coño y el culo llenos de sus fluidos, y se fue a buscar un cigarro mientras ella recuperaba el aliento, sabiendo que esto no sería la última vez.