Rubia explosiva se deja empotrar salvaje en el bosque
La morena de curvas descomunales llevaba el vestido pegado al cuerpo por la humedad de la tarde cuando la pillé buscando agua en el manantial más apartado del pueblo. Con esa delantera que le rebotaba al caminar y ese culo que parecía hecho para agarrar con las dos manos, no pude evitar que mi polla se pusiera dura al instante. Sin pensarlo dos veces, la empujé contra un árbol grueso, le subí el vestido hasta la cintura y le arranqué las bragas de un tirón mientras ella soltaba un gemido ahogado al sentir mi verga rozando el coño empapado. La primera embestida la dejó sin aliento: su culo prieto se abrió para mí como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre, y sus tetas enormes se sacudían con cada movimiento de mis caderas. Ella se agarraba al tronco con uñas temblorosas mientras yo la llenaba hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se contraía cada vez que la penetraba de lleno, como si quisiera atraparme dentro para siempre. Entre gritos y maldiciones, me suplicó que no parara, que la follara más fuerte, que le dejara el culo bien marcado con mis embestidas brutales. La mojé entera cuando le corrí dentro del coño, pero no me detuve ahí: le di la vuelta, la puse a cuatro patas sobre la hierba húmeda y seguí dándole hasta que los dos quedamos sudorosos y exhaustos, con sus jugos resbalando por sus muslos y mi leche goteando de su culo redondo. Cuando por fin me saqué de ella, la morena se dejó caer contra el suelo, jadeante, con la boca entreabierta y los labios brillantes por los besos que le dejé marcados en el cuello mientras la empotraba como una bestia. Ni siquiera intentó recomponerse el vestido: solo se quedó allí, con las piernas temblorosas y el coño chorreando, mientras yo me limpiaba los restos de su excitación de la polla aún palpitante.