La hijastra no para hasta que se corre dentro
Llevaba días viendo cómo la falda le bailaba a su hijastra cada vez que se agachaba, mostrando más de lo que su padre quería admitir, pero hoy no iba a fingir indiferencia. La puerta del cuarto se cerró de golpe y ella ya estaba ahí, con ese body de encaje transparente que le marcaba los pezones como dos cerezas maduras y la mirada llena de morbo mientras se mordía el labio inferior. Sin decir ni una palabra, él la empujó contra la pared y le arrancó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto un coño depilado y brillante que ya goteaba sin pudor. Ella gimió cuando la polla gruesa y venosa le rozó el muslo, pero no tuvo tiempo de quejarse porque en un segundo ya estaba siendo empotrada contra la madera, sintiendo cómo cada embestida le llegaba hasta el útero mientras sus tetas enormes botaban con cada movimiento. Entre gemidos, le suplicó que no se detuviera, que le llenara el coño de leche caliente hasta que no cupiera ni una gota más, y él, lejos de contenerse, aceleró el ritmo hasta clavársela tan hondo que los huevos le golpeaban el culo en cada envite. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclado con los jadeos ahogados de ella y el olor a sexo que inundaba el aire, hasta que finalmente él gruñó y se enterró hasta las pelotas, descargando toda su leche espesa en lo más profundo de su matriz mientras ella se corría con espasmos brutales, apretando su verga como si nunca fuera a soltarla. Cuando por fin se separaron, ella quedó temblando contra la pared, con el coño chorreando semen y una sonrisa pícara en los labios, sabiendo que no iba a conformarse con una sola ronda.