Padrastro empotra al hijastro en la ducha ardiente
El mocoso no podía apartar los ojos de su verga mientras se enjabonaba por detrás, frotándose contra el marco de la puerta como un perrito en celo. El padrastro, con esa mirada de depredador que solo tiene un hombre que sabe lo que quiere, lo agarró del pelo mojado y le obligó a arrodillarse sobre las baldosas frías. Al primer lametón de su lengua áspera contra el culo prieto del chaval, el pobrecillo soltó un quejido ahogado mezclado con agua resbalando por su espalda. La polla del mayor ya chorreaba pre por la excitación, resbaladiza entre sus dedos al colocarse el condón con los dientes, pero cuando la punta gruesa se enterró sin piedad en aquel agujero virgen que se estremecía, el mojado gemido del chico resonó en los azulejos como un trueno. Cada embestida sacudía su cuerpo esquelético contra la mampara, los muslos flacos temblando mientras el padrastro lo empotraba contra la pared con golpes secos que hacían temblar hasta el espejo empañado. La mano libre del hombre le tapó la boca para ahogar los gritos cuando la verga se clavó hasta el fondo, estirando sin piedad ese culo que pedía más a gritos que palabras. El prepucio se le pegaba al glande cada vez que salía, brillante por el lubricante y la leche que ya empezaba a gotear de la raja del hijastro, mezclándose con el vapor que lo envolvía todo en un éxtasis húmedo y caliente. No duró mucho, el cabrón no aguantó ni cinco minutos antes de que el padrastro le llenara las entrañas de leche espesa mientras le mordía el hombro para no gritar, los cuerpos pegajosos resbalando el uno contra el otro bajo el agua que seguía cayendo como si el mundo se hubiera vuelto loco.