Nikki Milano se deja empotrar por el monstruo de Oliver Trunk
Llevaba días mirándolo de reojo cada vez que pasaba por mi puerta, esa polla enorme que se marcaba bajo el pantalón, esos ojos que me desnudaban sin tocarme. Oliver Trunk era mi vecino, pero también mi obsesión, y yo, Nikki Milano, no podía aguantar más. Una tarde, cuando me lo encontré en el pasillo, le agarré del cuello de la camisa y lo empujé contra la pared, metiendo mi mano en sus pantalones para sentir esa verga dura que tanto había imaginado. Él gruñó cuando le apreté las pelotas, y yo ya estaba mojada, jadeando contra su boca mientras le mordía el labio. No hubo palabras, solo gemidos cuando me arrodillé y me metí su polla hasta la garganta, chupando con fuerza, sintiendo cómo se hinchaba más con cada lamida. Oliver me levantó de golpe, me giró y me empujó contra el sofá, arrancándome el tanga de una sola vez. Su mano me abrió el culo, y antes de que pudiera protestar, ya estaba enterrado hasta las pelotas en mi agujero, embistiendo con fuerza, haciendo que mi coño gotee de excitación. Cada embestida me hacía gritar, sintiendo cómo su verga me llenaba por completo, rozando ese punto que me hacía temblar. Oliver me agarraba de las caderas, clavándose más profundo, más rápido, hasta que sentí que iba a explotar. Cuando me corrió dentro, fue tan intenso que me dejó temblando, con su leche caliente llenándome por completo. En más de 10 minutos de escena, no hubo piedad, solo placer puro y salvaje.