Min Galilea se estremece con su primer dildo vibrante
—Ay, qué rico, esto sí que es bueno— susurra Min Galilea mientras se muerde el labio, los dedos temblorosos ajustando el vibrador entre sus piernas abiertas. La habitación está en silencio, solo el zumbido eléctrico del juguete rompe el aire, pero ella agudiza el oído cada vez que cree escuchar pasos en el pasillo. Su coño ya está empapado, los muslos brillan bajo la luz tenue de la lámpara, y cuando enciende el dildo, el primer contacto contra su clítoris la hace arquearse con un gemido ahogado. No puede gritar, no aquí, no con su hermano en la habitación de al lado, pero sus caderas se mueven solas, buscando más presión, más vibración, hasta que el juguete se clava entero de golpe y ella aprieta los muslos con fuerza. El orgasmo la sacude como un relámpago, los dedos clavados en las sábanas, los ojos cerrados con fuerza mientras el placer le recorre la columna. El dildo sigue vibrando, implacable, y ella lo empuja más adentro, sintiendo cómo cada pulsación la acerca a otro clímax. Las paredes de su coño se contraen alrededor del juguete, mojándolo aún más, y cuando por fin lo saca, el aire frío le da escalofríos. Se queda quieta un momento, escuchando, pero solo hay silencio. Su hermano no ha entrado, nadie la ha pillado, y sonríe al ver el dildo cubierto de sus fluidos, brillante bajo la luz.