Mi madrastra latina me empotra en el baño de la casa
Ella salió del agua de la piscina con el bikini pegado al culito prieto y la tela empapada marcándole los pezones duros como piedritas. Yo no podía quitarle los ojos de encima mientras se quitaba el top mojado y dejaba que sus tetas grandes y pesadas se soltaran libres, los pezones rosados y duros como granos de café. Sin pensarlo dos veces, la agarré de la cintura y la empujé contra la pared fría del baño, sintiendo cómo su culo redondo y firme se aplastaba contra mi verga dura que ya no podía aguantar más. Ella soltó un gemido ronco al sentirme clavarme en su rajita caliente y mojada, con los labios hinchados y la entrada del coño tan apretada que me hizo temblar las piernas. Me agaché para morderle un pezón mientras mis manos le apretaban las nalgas gordas, sintiendo cómo su carne temblaba bajo mis dedos al ritmo de mis embestidas profundas que le sacudían el cuerpo entero. Ella se arqueó hacia atrás y empezó a mover el culo contra mí, pidiendo más verga adentro, más fuerte, más profundo, mientras sus uñas se clavaban en mis hombros y sus gemidos se convertían en gritos ahogados. La levanté en el aire y la empalé contra la puerta del baño, sintiendo cómo su coño chorreante me abrazaba la polla con cada envite, el agua de la ducha corriendo por nuestros cuerpos mientras yo le llenaba el culo de semen hasta que no pudo aguantar más y se corrió gritando mi nombre con la boca medio abierta y los ojos vidriosos de placer. Su leche se mezcló con el agua tibia que nos resbalaba por las piernas, y cuando por fin me dejó salir, su coño quedó tan baboso y abierto que se le veían hasta las paredes internas brillantes y temblorosas. Ella se dejó caer contra mí, jadeando, con las piernas temblorosas y el cuerpo sudado, mientras yo le lamía el sudor del cuello y le susurraba al oído que su culo era el mejor que había follado en toda mi vida.