La diosa me ordena lamerle cada dedo del pie sucio
Apenas entró la puta de tetas naturales tan grandes que rebotaban con cada paso, supe que esta noche me convertiría en su esclava más sumisa. Se quitó los tacones de uñas pintadas de rojo intenso, dejó caer sus pies descalzos sobre el suelo frío y me ordenó arrodillarme con un chasquido de dedos. Sus suelas estaban cubiertas de tierra fina y el sudor le dejaba marcas brillantes entre los dedos, que brillaban como pequeños diamantes sucios. Me acerqué arrastrándome como un perro, con la lengua ya fuera, lista para adorar cada milímetro de su piel. Lamí primero la planta del pie izquierdo, sintiendo cómo sus callositos me raspaban la lengua mientras gemía al sentir mi saliva caliente resbalar entre sus dedos. Chupé cada uña con avidez, metiendo la punta de mi lengua entre los espacios para saborear el sudor y la suciedad acumulada, mientras ella me agarraba del pelo con fuerza para empujarme más hacia su pie. Le besé los dedos uno por uno, mordisqueando suavemente la piel alrededor de las uñas pintadas, hasta que su coño se humedeció y empezó a frotarse contra el borde de la mesa. Me ordenó que le lamiera las suelas enteras, pasando la lengua desde el talón hasta los dedos, sintiendo cómo su peso me aplastaba los labios contra el suelo. Cuando por fin se quitó los calcetines rotos, sus pies desnudos apestaban a sexo y a trabajo duro, y yo no podía parar de chupar, tragar y lamer cada grieta, cada arruga, hasta que sus gemidos se volvieron gritos y sus tetas grandes se sacudían como gelatina al correrse sobre mi cara. La muy puta me escupió en la boca y me ordenó que le limpiara los dedos con la lengua, mientras su coño seguía goteando sobre mi barbilla. No hay placer más grande que servirle los pies a una diosa como ella, con sus uñas rojas mordiéndome la piel y su olor a pies sucios llenándome las fosas nasales.