Hombres maduros descubren el placer gay anal
El viejo dueño de la taberna llevaba años escondiendo su verga dura cada vez que el joven repartidor pasaba con esos músculos marcados bajo la camiseta ajustada. Hoy no pudo más: lo agarró del cuello, lo empujó contra el mostrador y le bajó los pantalones de un tirón dejando al descubierto una polla gruesa que ya goteaba pre-semen. El novato no opuso resistencia cuando sintió la punta del viejo rozándole el culo, más bien gimió y se dejó caer de rodillas para chupársela sin piedad mientras le masajeaba los huevos con las manos temblorosas. Entre gemidos ahogados y saliva resbalando por la verga palpitante, el más joven se dejó empalar de espaldas contra el suelo, con las piernas en alto y el culo bien abierto para recibir cada embestida brutal. El viejo no se contuvo: le clavó la polla hasta el fondo, sintiendo cómo los músculos anales se aferraban a su carne con cada envite, mientras le agarraba las nalgas con fuerza para hundirse hasta las pelotas. Los golpes secos de cadera contra carne sonaban como un tambor en la taberna vacía, mezclados con los gritos roncos del chico que suplicaba más fuerte, más profundo, que no se detuviera. Los jugos resbalaban por sus muslos y manchaban el suelo de gotas espesas, el olor a sexo y sudor impregnaba el aire mientras el viejo le susurraba obscenidades al oído, llamándolo puto caliente y ordenándole que aguantara la corrida. Cuando el novato no pudo más, se corrió a chorros gruesos y calientes, pintando su propio pecho y el del viejo, que no tardó en seguirlo con un gruñido gutural al sentir cómo su verga se vaciaba dentro de aquel culo apretado. Quedaron jadeando, sudados y pegajosos, con las respiraciones entrecortadas y las pollas aún palpitantes, sabiendo que esa no sería la última vez que se buscaran en los rincones oscuros del pueblo.