Hermana de leche reta a su hermanastro a follarla como nunca
Te voy a contar cómo le gané la apuesta a Johnny Love, ese cabrón que creyó que podía manejarme en la cama. Cuando me vio con el short de jean ajustado y la blusa transparente, sus ojos se le salieron de las órbitas, pero yo ya tenía el plan: si me hacía correrme tres veces seguidas, me ganaba el derecho a usar mi cuerpo como quisiera. ¿Te imaginas la escena? El muy pendejo empezó chupándome las tetas pequeñas, mordiéndome los pezones hasta que gemí como una perra en celo, pero yo no iba a ceder tan fácil. Le bajé el pantalón y le agarré la polla dura, gruesa, y empecé a mamársela con ganas, sintiendo cómo se le ponía más caliente en mi boca. Cuando me penetró de una estocada, el choque de sus caderas contra mi culo me hizo gritar, pero no de dolor, sino de placer. Me empotró contra la pared, sus manos apretándome las nalgas mientras me embestía sin piedad, y yo le arañé la espalda, retándolo a que me hiciera perder el control. Cada vez que me llenaba el coño con su verga, yo apretaba los músculos para volverlo loco, hasta que no aguantó más y me corrió adentro, gruñendo como un animal. Pero no se dio cuenta de que yo ya había tenido dos orgasmos antes, y el tercero lo logré cuando me hizo chupársela mientras me follaba por detrás. Al final, el muy idiota se quedó tirado en la cama, exhausto, sin saber que yo había ganado la apuesta. Ahora es mi esclavo sexual, y cada vez que me mira, sabe que le voy a hacer pagar por subestimarme.