Chiquilla negra chupa polla de su padrasto y lo monta salvaje
La chica de dieciocho añitos, flaquita y con unas tetitas pequeñas que apenas le hacen sombra al escote de su ajustado uniforme, llegó de la escuela con la mochila llena de libros pero el coño ardiendo de ganas. Su padrasto, ese hombre de piel oscura y cuerpo fibroso que siempre la mira con esos ojos que le derriten las bragas, la encontró en el sofá mordisqueando un chicle con cara de pocos amigos. Sin mediar palabra, ella se le tiró encima como una perra en celo, le desabrochó el pantalón con dedos ágiles y sacó esa polla gruesa y morena que le encantaba lamer hasta dejarla empalagosa. La punta le resbaló entre los labios mojados mientras él le agarraba el culo prieto con ambas manos, hundiendo los dedos en esa carne firme que vibraba al ritmo de sus gemidos. La chica no tardó en sentarse encima de él, empalándose hasta la empuñadura con un suspiro que le erizó la piel, y empezó a cabalgarlo como si no hubiera mañana, los pechos pequeños botando al compás de cada embestida brutal. Él le sujetaba las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la piel sedosa mientras ella se retorcía, el coño empapado chorreando por todas partes, goteando sobre sus pelotas pesadas que se sacudían con cada subida y bajada. Los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando llenaban la sala, mezclados con los gritos ahogados de la chiquilla, que no paraba de repetir que sí, que más fuerte, que se quería correr dentro de ella hasta dejarla preñada. Él, con los ojos inyectados en lujuria, le mordisqueó el cuello mientras la embestía desde abajo, levantándola casi en vilo para luego dejarla caer con fuerza sobre su verga, sintiendo cómo el coño caliente se le cerraba como un puño alrededor del tronco grueso. La chica, con las piernas temblorosas y la espalda arqueada, se dejó llevar por el placer, sintiendo cómo el orgasmo le subía desde los talones hasta la coronilla mientras él le llenaba las entrañas con chorros espesos que la dejaron temblando, los muslos pegajosos y el aliento corto. Cuando por fin se derrumbó sobre su pecho, él le acarició el pelo sudado y le susurró al oído que era una puta muy buena, pero que la próxima vez quería probarla por detrás mientras le metía el dedo en el culito apretado. Ella solo atinó a sonreír, con los labios hinchados y el sabor a leche salada aún en la lengua, lista para que la follara de nuevo en cuanto se le bajara la respiración.