Estudiante negra se corre como loca con su marido grueso
La morena de caderas anchas llegaba tarde a su casa después de clase y su marido, un tipo grandote de cuerpo curvo y nalgas firmes, ya la esperaba con la polla bien dura asomando por el bóxer ajustado. Ella, sudorosa y con la tanga empapada, ni siquiera tuvo tiempo de quitarse la blusa de la universidad antes de que él la agarrara por la cintura y la lanzara contra el colchón de la cama matrimonial. Con un gemido ronco, él le arrancó el sujetador de copa pequeña y se clavó entre sus muslos carnosos, sintiendo cómo su coño caliente y chorreante abrazaba su miembro grueso como un guante ajustado. Ella arqueó la espalda y chilló al sentir cómo el gordo le empotraba el culo redondo y prieto, sus tetas pequeñas botando al ritmo de cada embestida mientras su marido le mordisqueaba los pezones oscuros y duros como piedras. La morena, con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos, no paró de gritar que se iba a correr cuando él le agarró las caderas anchas y se hundió hasta las pelotas dentro de su concha mojada, sus fluidos mezclándose con los restos de crema que ya le goteaban por las nalgas. El tipo, jadeando como un animal, le dio la vuelta y la puso a cuatro patas sobre la sábana arrugada, sus nalgas temblorosas vibrando con cada golpe seco mientras su polla enorme le abría el coño hasta el fondo. Ella no pudo aguantar más: con un aullido agudo, se corrió como una perra en celo, su cuerpo convulsionando mientras su marido le reventaba el útero con una corrida espesa que le llenó el vientre y le resbaló por los muslos. Cuando por fin se desplomaron sobre el colchón, él le lamió el clítoris hinchado hasta sacarle los últimos temblores, mientras ella, exhausta pero satisfecha, le susurraba al oído que nunca más se pondría esa maldita tanga de encaje porque ahora solo quería que él se la arrancara cada vez que llegara con el coño empapado de ganas.