Robin se empala gritando en la polla dura de Gray
Robin llevaba semanas obsesionada con ver cómo esa polla monstruosa se le marcaba bajo el pantalón ajustado de Gray cada vez que él se agachaba en el laboratorio de inteligencia artificial. Desde la primera vez que lo vio correrse con los muslos temblorosos mientras sus dedos se hundían en el teclado, supo que necesitaba probarla. La noche que por fin se quedaron solos, él la empujó contra la mesa llena de cables y pantallas parpadeantes, arrancándole la blusa con un solo tirón para dejar al descubierto unos pechos pequeños pero duros que saltaban al ritmo de su respiración entrecortada. Gray le mordió el cuello mientras sus manos ásperas le apretaban el culo, levantándola del suelo para hundirle la polla de una sola embestida que la dejó sin aliento, sintiendo cómo su coño se abría como mantequilla derretida bajo cada empujón brutal. Robin gritaba cada vez que él le clavaba la verga hasta el fondo, sus gemidos ahogados en la boca de él mientras sus uñas le arañaban la espalda, dejando marcas rojas que se mezclaban con el sudor que les corría por la piel pegajosa. Él la empotraba contra la pared trasera del cuarto, sus bolas golpeando contra su carne con un sonido húmedo y obsceno que hacía que Robin se corriera una y otra vez, mojando la polla de Gray hasta dejarla brillando bajo las luces azules de las computadoras. Entre jadeos, ella le suplicaba que no parara, que la llenara hasta ahogarse con su leche espesa, pero él solo reía mientras le daba más fuerte, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su miembro cada vez que él se acercaba al orgasmo. Cuando por fin Gray se dejó llevar, enterrando su polla hasta las pelotas dentro de ella, Robin sintió cómo su corrida le quemaba las entrañas mientras él gruñía como un animal, sus caderas temblando al vaciarse dentro de su vientre con chorros calientes que le resbalaban por los muslos. Se quedaron así, pegados, jadeando y con el cuerpo tembloroso, mientras los monitores seguían parpadeando sin que nadie los mirara, como si el mundo entero hubiera dejado de existir en ese preciso instante de placer brutal.