El cura de la iglesia me folló como un puto zorro plateado
Te voy a contar cómo Marcus Rivers, ese cura de sonrisa perfecta y pelo canoso que hacía temblar a todas las feligresas, me miró fijamente durante semanas en la misa de los domingos. Cada vez que se acercaba al confesionario, su voz grave me ponía la piel de gallina, y cuando me arrodillé frente al altar, sus ojos no se apartaban de mi culo apretado bajo la falda. La tensión era insoportable hasta que una tarde, después de cerrar la iglesia, me empujó contra el banco de madera y me arrancó las bragas con los dientes. Su polla gruesa y dura como el mármol del altar me partió el coño de una estocada, y cuando me dio la vuelta para empotrarme contra el altar, gemí tan fuerte que los santos debieron taparse los oídos. Me corrió toda la espalda mientras me agarraba los pechos con fuerza, y cuando terminó, su sotana blanca quedó manchada de mi sudor y su leche espesa. Todavía tengo la marca de sus dedos en las caderas.