Culo perfecto de morracha se abre bien en la cama
La morracha llegó con ese culito prieto y bien redondito que le hace babear hasta al más macho de la cuadra, y hoy no hubo quien la resistiera cuando se puso a gemir con la polla bien dura entre las piernas. Desde el primer roce de sus tetas contra mi pecho supe que esa noche íbamos a acabar con el coño bien mojado y el culo patas arriba, porque ella ya venía con ganas de que la empotren hasta dejarla sin voz. Le bajé el short de un tirón y ahí estaba, con ese chochito rosado y chorreando que pedía a gritos una verga bien gruesa metida hasta el fondo, así que sin perder tiempo la tumbé boca abajo y le agarré las nalgas para abrirle el culo como un libro. La primera embestida hizo que se le escapara un aullido de la garganta mientras su coño se apretaba como un puño alrededor de mi miembro, pero eso no fue nada comparado con cuando le metí la polla hasta las bolas y empecé a moverme como un animal, sintiendo cómo su carne temblaba con cada sacudida. Ella no paraba de gritar que la llenara más, que no se detuviera, y el sonido de sus jadeos mezclado con los golpes de mis pelotas contra sus muslos era música para mis oídos mientras le marcaba el lomo con mis uñas. En un momento dado se dio la vuelta como una posesa, se agarró a mis hombros y me montó con esa cadera que parecía de muñeca, clavándome la verga hasta la garganta mientras sus tetas botaban como gelatina. Cuando noté que su coño empezaba a convulsionar y sus piernas se ponían rígidas supe que el orgasmo estaba cerca, así que la empujé contra el colchón, le levanté una pierna y le metí la polla hasta el fondo con un empujón seco que la dejó sin aire, y en menos de tres minutos soltó un chorro de leche caliente por toda mi verga mientras su cuerpo se sacudía como si le hubieran dado corriente. No contenta con eso, se lio a chupármela con desesperación hasta que me hizo correrme en su boca, tragándose cada gota con una sonrisa de puta satisfecha mientras yo le escupía en la cara el último resto de mi corrida. Al final los dos quedamos tirados en la cama, sudados, jadeantes y con la piel pegajosa de tanto sudor y leche, pero lo mejor fue ver cómo su culo seguía temblando cada vez que se movía, recordándome que esa noche no fue un polvo cualquiera sino una follada que deja marca.