Tres bolas sudando al aire libre con culos bien marcados
La flaquita se agachó sobre el pasto fresco mientras le chupaba la polla enorme al viejo, que no paraba de gemirle al oído con voz ronca cada vez que la punta le rozaba el fondo de la boca. Él le agarraba el culo prieto con ambas manos, empujando su verga gruesa hasta que la morra chillaba y le escupía saliva por las comisuras. La gorda, con las tetas pequeñas y colgonas, se montó encima del viejo en reversa para que él se la clavara por atrás, sintiendo cómo el coño empapado le chupaba el tronco entero mientras los jugos le resbalaban por los muslos. Los tres sudaban bajo el sol, la piel resbaladiza por el calor y los gemidos, y el viejo no podía aguantarse más: le soltó una andanada de lefa espesa en la concha de la flaquita mientras ella arqueaba la espalda y soltaba un grito agudo que se perdió entre los árboles. La gorda, sin perder el ritmo, se bajó para que la polla babosa le quedara justo en la entrada y le dio un par de empellones fuertes antes de correrse ella también, dejando un charco blanco bajo su culo gordo que brillaba bajo el sol. Los tres quedaron jadeando, el viejo con la verga aún dura pero goteando, la flaquita con la concha bien abierta y la gorda frotándose el clítoris para alargar el placer mientras el viento les llevaba los suspiros entre las piernas. Se reían como locos, sabiendo que esa follada al aire libre les había dejado marca para siempre, con las nalgas marcadas por el sudor y los muslos pegajosos de los jugos mezclados. No importaba que uno fuera viejo y las otras dos jóvenes, porque al final del día lo que quedó fue carne caliente, piel ardiente y una corrida que les dejó las piernas temblorosas y el alma satisfecha.