Profesora india de culo enorme empotrada con fuerza
Desde que entró en la oficina con ese vestido ajustado que le marcaba hasta el último pliegue de su culazo, no pudo sacársela de la cabeza en toda la tarde. Las bragas se le habían mojado solo de verla mover ese culo redondo como un melón maduro al caminar, y cuando se agachó a recoger el bolígrafo —con ese escote que le llegaba casi a la cintura— él no pudo resistirse más. Sin decir ni pío, la empujó contra la mesa de reuniones, le subió la minifalda hasta la cintura y le arrancó las bragas de encaje con un tirón seco. Ella soltó un gemido ahogado cuando él le clavó los dedos en esas nalgas firmes y blancas, dejando marcas rojas que se le veían incluso bajo el maquillaje profesional. La polla se le puso dura al instante al sentir su coño caliente y chorreante pegado a su muslo, así que sin pensarlo dos veces le bajó el sujetador para dejar al aire esas tetas grandes y duras que tanto le ponían. La profesora india, con los ojos entrecerrados y las uñas rojas arañándole la espalda, le susurró al oído lo mal portadita que había sido todo el día para merecer ese castigo. Él le dio una palmada en el culo que resonó en toda la oficina vacía, haciendo que su cuerpo entero temblara de placer y vergüenza. Luego la levantó en peso, le abrió las piernas y se la clavó de una embestida hasta el fondo, sintiendo cómo su coño estrecho se le ceñía a la verga como un guante ajustado. Ella gritó con voz ronca, mezclando quejas de dolor y gritos de gozo mientras él le daba vaivenes brutales, sacudiéndole el culo con cada empujón hasta dejarla roja de tanto azote. Las tetas le botaban sin control, el vestido le quedó hecho un trapo en los hombros y las medias rotas colgaban de sus muslos como un recuerdo de lo salvaje que se había puesto la cosa. Cuando él sintió que el orgasmo le subía por la columna vertebral, la agarró del pelo y la obligó a mirarlo a los ojos mientras se corría dentro de su coño, llenándola de leche caliente hasta que empezó a gotearle entre las piernas. La profesora, aún jadeando y con el maquillaje corrido, le mordisqueó el labio inferior y le susurró que no se atreviera a parar ahora que recién empezaban.