Hermana política de trasero voluminoso se deja empotrar sin piedad
La primera vez que pisó la casa de su hermanastro, la joven no podía apartar los ojos de ese culo redondo y apetitoso que se le marcaba bajo el vestido ajustado. Él, que siempre la había mirado con disimulo, no tardó en notar cómo la tela se le pegaba al coño mojado cada vez que ella se agachaba para recoger algo del suelo. Con un susurro ronco le soltó un '¿seguro que no quieres que te ayude con eso?' mientras le pasaba la mano por la cintura, sintiendo el temblor de sus caderas al rozarle el trasero. Ella, sin decir ni una palabra, se dio la vuelta y se apoyó contra la mesa del comedor, levantando esa falda corta para dejarle ver que no llevaba bragas. 'Llévame como si fuera tuya', le pidió con voz entrecortada mientras él le agarraba las nalgas con fuerza, sintiendo esa carne prieta y vibrante bajo sus dedos. La polla le latía desesperada dentro del pantalón al verla abrir las piernas para él, ofreciéndole ese coño empapado y chorreante que olía a sexo caliente. Con un gruñido animal, la empujó contra la mesa y le arrancó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto ese culo prieto que se le antojaba a cada embestida. 'No pares, métemela más fuerte', le suplicó ella mientras él la empotraba contra el borde de la mesa, haciendo que el mueble crujiera bajo el peso de sus cuerpos sudorosos. Cada golpe de cadera le sacudía el coño hasta dejarla sin aliento, sintiendo cómo la polla gruesa le abría las carnes hasta el fondo mientras le mordisqueaba el cuello y le amasaba las tetas. Ella gemía como una puta en celo, con los pezones duros y el clítoris palpitando de placer, mientras él le llenaba el culo de lametones y mordiscos hasta dejarle marcas rojas en esa piel blanca. Cuando por fin no pudo aguantar más, él la giró en seco y la tumbó boca arriba sobre el sofá, levantándole las piernas para clavársela hasta el fondo con movimientos brutales que hacían rebotar ese culo redondo contra su vientre. 'Córrete dentro de mí, no aguanto más', le jadeó ella mientras las primeras gotas de leche caliente le resbalaban por el muslo, mezclándose con los jugos que le brotaban del coño. Él no necesitó más invitación: con un rugido gutural, le enterró la verga hasta el fondo y se dejó ir, sintiendo cómo el semen le inundaba las entrañas mientras ella se retorcía de placer bajo su peso, con el coño contraído y los muslos temblorosos de la corrida más intensa que había tenido en años.