Mi vecina se deja follar sin parar en el sofá
Llevaba meses viéndola mover ese culito apretado por el pasillo de la residencia, mordiendo ese labio rojo mientras me lanzaba miradas que quemaban más que el sol de agosto. Una tarde, después de que el piso quedara vacío, la encontré en el sofá con un vestido blanco tan corto que apenas le tapaba las nalgas, los pezones duros marcándose bajo la tela fina. Sin decir ni una palabra, la agarré por la nuca y le metí la lengua hasta el fondo de la boca mientras mis manos le arrebataban el vestido sin piedad. Ella gimió fuerte cuando mi polla, ya dura como una piedra, le rozó el coño empapado por encima del tanga, que se le clavaba entre los labios hinchados. Con un tirón seco le arranqué la ropa interior y la lancé contra el respaldo del sofá, dejándola con las piernas abiertas y el coño brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Sin preámbulos, la empalé contra el mueble con un empujón que le hizo arquear la espalda y soltar un gritito de sorpresa mezclado con placer. Sus tetas, redondas y firmes, rebotaban con cada embestida mientras yo le agarraba los muslos para hundirme más en su agujero caliente y estrecho. El sonido de nuestros cuerpos chocando resonaba en la sala junto a sus gemidos roncos, cada vez más altos, pidiendo más. Le metí dos dedos en la boca para que los chupara mientras mis caderas no dejaban de golpearla, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mi verga al borde del orgasmo. Cuando finalmente me corrí dentro de ella, noté cómo su concha se contrajo en espasmos, empapándome las bolas de su leche espesa mientras seguía gimiendo sin control. Se dejó caer contra el sofá, jadeante, con las piernas temblorosas y el coño goteando, mientras yo le lamía los pezones antes de volverla a empotrar con fuerza.