Coroa rabuda recibe coño empotrado hasta correrse
La coroa llevaba días coqueteando con miradas mientras él se agachaba a regar las plantas en short ajustado, mostrando ese culo prieto que le hacía babear sin remedio. Apenas cruzó el portón de madera, ella ya estaba en la cocina, con el delantal puesto pero los botones del vestido desabrochados hasta dejar ver esos pechos redondos que rebotaban cada vez que él se acercaba. Él no pudo resistirse, le agarró el pelo con fuerza y le metió la polla dura hasta el fondo, sintiendo cómo el coño mojado de ella se le aferraba como un puño caliente. La coroa gimió fuerte, con los muslos temblorosos y la espalda arqueada, mientras él la empotraba contra la mesa, arrancándole el tanga de un tirón para hundirse más dentro de su carne palpitante. Cada embestida hacía que ella gritara más alto, con los pezones duros rozando la madera mientras el sonido de los cuerpos chocando llenaba la casa. Él le apretó el culo con las dos manos, separándole las nalgas para clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se le contraía cada vez que ella se corría en olas de placer. La coroa se mordió el labio inferior hasta dejar marca, con los ojos vidriosos y las piernas temblorosas, mientras él no paraba de joderla sin piedad hasta que ella no pudo más que dejarse llevar. El sudor le resbalaba por el pecho mientras él le metía la verga hasta la garganta, ahogando sus gemidos con cada embestida brutal. Cuando por fin se corrió, ella quedó rendida sobre la mesa, con el coño chorreando y los muslos llenos de sus propios fluidos, mientras él le susurraba al oído lo buena que estaba y lo mucho que la deseaba. La coroa, todavía jadeando, le dedicó una sonrisa pícara y le dijo que la próxima vez quería probarla a cuatro patas en el jardín, donde cualquiera pudiera verla gozar como una verdadera puta.