Polaca madurita se deja embarazar a la primera
La polaca llevaba semanas mordiéndose el labio cada vez que él pasaba frente a su tienda, con esos muslos gruesos y ese culo redondo que se le marcaban bajo la falda ajustada. Cuando por fin la tuvo contra el mostrador de madera, con el vestido arremangado hasta la cintura y las bragas empapadas en jugos, supo que no había vuelta atrás: iba a empalarla hasta dejarle el coño bien marcado con su leche. Ella gimió cuando le arrancó la blusa, dejando al descubierto unos pechos grandes y pesados que saltaban cada vez que él la embestía con fuerza contra la pared. El olor a sudor y a sexo se mezclaba con los gemidos roncos que salían de su garganta mientras le suplicaba que le metiera más verga, que no parara hasta dejarla preñada como una perra en celo. Él la agarró del pelo y le dio un tirón, obligándola a arquear la espalda mientras le metía la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su coño estrecho se aferraba a cada centímetro como si no quisiera soltarlo nunca. Ella gritó cuando sintió la primera embestida profunda, con los muslos temblorosos y las uñas clavándose en el respaldo de la silla vieja donde él la había sentado para tener mejor acceso a su concha. La polaca no paraba de babear, con la boca entreabierta y los ojos vidriosos, mientras él le daba azotes en el culo pálido cada vez que se le escapaba un gemido demasiado fuerte. Cuando por fin le soltó la leche bien adentro, ella se corrió al mismo tiempo, con un chorro caliente resbalándole por las piernas y manchando el suelo de madera hasta formar un charco baboso y brillante. Él no se salió ni un segundo, sino que siguió embistiendo lentamente hasta que ella le agarró la mano y se la llevó a su barriga, susurrándole al oído que ya podía sentir cómo su bebé crecía en su interior. La madurita se dejó caer contra su pecho, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras él le susurraba obscenidades al oído para que no olvidara quién le había dejado preñada esa noche de pasión desenfrenada.