Me mojo lamiendo mi propio coño hasta correrme sin parar
Las piernas me tiemblan cuando mis dedos rozan mi rajita empapada, pero no me detengo: quiero sentir cada pliegue, cada latido del coño que grita por atención. Me chupo los labios mientras mi lengua dibuja círculos lentos alrededor del clítoris, sintiendo cómo se endurece al contacto con mi saliva caliente. Los gemidos se me escapan sin control cuando meto dos dedos dentro, sintiendo ese calor húmedo que me recorre desde el vientre hasta los muslos. La vibración del juguete contra mi carne sensible me vuelve loca, así que lo aprieto contra el botón hinchado mientras mis caderas se mueven solas, buscando más fricción. Las tetas me botan al ritmo de mis movimientos bruscos, los pezones duros como piedras contra el colchón donde me he tirado para no caer. Un chorrito de jugos se escurre por la raja cuando acelero el ritmo, sintiendo cómo el vibrador entra y sale con fuerza, mojándose cada vez más con mis fluidos. Mis muslos se llenan de sudor y mi respiración se vuelve entrecortada, los jadeos se mezclan con los sonidos húmedos de la follada fingida que me hago contra el colchón. Cuando el orgasmo llega, me agarro el coño con fuerza, apretando los dientes para no gritar de placer, mientras el cuerpo me tiembla entero y los jugos me resbalan por las nalgas. Después, me quedo ahí tirada, con las piernas abiertas y el coño palpitando, sabiendo que podría repetirlo una y otra vez sin cansarme. La sensación de humedad entre mis piernas no se va, como si mi cuerpo aún estuviera pidiendo más, como si el placer no hubiera terminado del todo.