Manuel en São Paulo follando sin parar
Manuel llevaba meses buscando pretextos para cruzarse con ese macho brasileño que trabajaba en el bar de la esquina, y hoy por fin se le presentó la oportunidad. El tipo, alto y musculoso, tenía la polla tan gruesa que ya le hacía agua la boca solo de verla asomarse por el bóxer ajustado. Sin perder tiempo, Manuel lo empujó contra la pared del callejón oscuro que olía a cerveza derramada y le bajó el pantalón de un tirón, dejando al descubierto un rabo enorme y palpitante que ya goteaba líquido preseminal. El brasileño gruñó y le clavó las uñas en la espalda mientras Manuel se agachaba para lamerle las bolas antes de metérselo entero en la boca, sintiendo cómo se endurecía hasta tocarle la garganta. Pero no era suficiente, necesitaba más: con un empujón brusco lo giró, le separó las nalgas y le escupió en el culo mientras le susurraba al oído que se dejara empotrar como una puta caliente. Las primeras embestidas fueron lentas, buscando el ritmo perfecto, pero al sentir cómo el brasileño empujaba con fuerza hacia atrás, Manuel lo agarró de las caderas y se lo clavó hasta el fondo, haciendo que ambos gemieran como animales en celo. Cada golpe de cadera resonaba en el callejón, mezclándose con los sonidos húmedos de carne chocando contra carne y los jadeos roncos que escapaban de sus bocas entreabiertas. El sudor les corría por la espalda, el olor a sexo crudo inundaba el aire y Manuel sentía cómo el brasileño se le contraía alrededor de la verga, avisando que estaba a punto de correrse. Con un último empujón brutal, se enterró hasta lo más profundo y dejó salir su leche hirviendo dentro de ese culo apretado que lo había vuelto loco desde el primer momento, mientras el otro se derretía en sus brazos, temblando de placer y dejando manchas de semen en el suelo de cemento.