La roomie me pidió que le folle el culo duro
Llevaba días con esa mirada de perrito faldero cada vez que me veía salir del baño con la toalla enrollada en la cintura... Hoy, sin embargo, fue directo al grano y me soltó con voz temblorosa que quería sentir mi polla bien honda en su culito prieto por primera vez. No pude resistirme ni un segundo más, así que la empujé contra el espejo del baño, le arranqué el tanga de encaje negro que apenas le cubría las nalgas redonditas y le escupí en el coño para que se mojara bien antes de meterle el dedo grueso entre los labios hinchados mientras ella gemía como una puta en celo. No tardé ni un segundo en sacarme la verga dura como una piedra —que ya le baboseaba la punta de tanto frotarla contra su muslo suave— y al sentir su agujero estrecho y caliente contra la cabeza palpitante, supe que esta vez no habría piedad. La agarré de las caderas con fuerza, le metí la punta y sentí cómo su anillo de músculo tenso se resistía al principio antes de ceder con un pop húmedo que hizo que ambos jadeáramos como animales, ella mordiendo el labio inferior hasta sangrar y yo gruñendo como un cerdo mientras le empujaba hasta las bolas dentro de ese coño que ya le goteaba por los muslos. El olor a sexo crudo inundó el baño cuando empecé a embestirla sin piedad en posición de perrito, su culito temblando cada vez que le clavaba la polla hasta el fondo y le dejaba el agujero bien abierto, sus gritos ahogados en el trapo que se metió en la boca para no alertar a los vecinos. Entre empujones brutales, le di la vuelta y la tumbé en la cama con las piernas en alto, así que le metí los dedos en el coño para que se corriera mientras le seguía metiendo la verga por el culo a golpes secos, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía con cada embestida y sus jugos resbalaban por las sábanas como si le hubieran abierto una fuente. Cuando noté que su agujero se aflojaba y sus gemidos se convertían en sollozos de placer, me dejé ir sin avisar, descargando toda mi leche espesa y caliente directamente en sus entrañas mientras ella se retorcía debajo de mí con los ojos en blanco y la boca llena de babas, su coño empapado y su culo bien abierto dejando escapar chorros de semen que le resbalaban por las nalgas hasta gotear en el suelo. Cuando por fin saqué la polla, noté cómo su agujero seguía abierto como una herida palpitante, goteando semen y jugos mezclados mientras ella se lamía los labios con una sonrisa de puta satisfecha y me suplicaba que le diera más antes de que el cansancio la venciera por completo.