La profesora casada se empotra con el celador borracha
Llevaba semanas con la falda corta y los botones de la blusa a punto de saltar, pero hoy el celador la pilló mojada del vicio en el pasillo del colegio. Él no pudo resistirse a meterle los dedos entre las piernas y sentir cómo el coño le empapaba las bragas de seda mientras ella gemía con la espalda contra la taquilla. La profesora no era cualquier fulana, era la reina del instituto, de esas que te dejan con la polla dura solo con mirarte, y hoy necesitaba que alguien le diera duro. El celador, un tipo grande con manos callosas, la agarró del pelo y la arrastró hasta el almacén de limpieza donde olía a lejía y a sudor viejo. Allí, entre cubos y trapos, le arrancó la ropa interior de un tirón mientras ella se mordía el labio para no gritar, pero el gemido se le escapó cuando él le metió dos dedos en el culo resbaladizo y le susurró al oído que era una puta hambrienta. La profesora se dejó caer de rodillas sobre el suelo frío y le abrió la cremallera del pantalón para sacarle la verga gruesa y palpitante, que le cabía entera en la boca sin dejar de babearle la polla con saliva espesa. Antes de que pudiera chupársela bien, el celador la levantó con fuerza, le dio la vuelta y la empotró contra la pared con un golpe seco, haciendo que el culo le temblara al ritmo de las embestidas brutales. Ella clavó las uñas en la madera mientras él le apretaba los pechos por encima de la blusa, arrancándole los botones uno a uno hasta dejarle los pezones al aire, duros como piedras y rojos de tanto excitación. El celador le metió la polla hasta el fondo una y otra vez, llenándole el coño de leche espesa mientras ella se corría con espasmos que le sacudían todo el cuerpo, dejando manchas de fluidos en el suelo del almacén. Cuando por fin se desplomó contra él, jadeante y con las piernas temblorosas, el marido cornudo entró sin hacer ruido, con la cámara en la mano y una sonrisa de derrota en la cara, porque sabía que esta vez no podía competir con la verga del celador.