Secretaria cachonda se deja empotrar en el hotel
La secretaria llegó al hotel con el vestido ajustado y los tacones que le apretaban el culo como si fueran a reventarlo, ese culo redondo que llevaba meses restregándose en la silla frente a él mientras tecleaba con esos muslos bien prietos. Él no pudo aguantar más la mirada cuando ella cruzó las piernas y el vestido se le subió hasta mostrar el encaje negro de sus bragas, empapadas sin duda por el calor que le subía desde el coño. Con un empujón la arrinconó contra la pared del ascensor y le arrancó la blusa de un tirón, dejando sus tetas grandes y duras al aire, los pezones duros como piedras que él se llevó a la boca mientras le apretaba el culo con ambas manos. Ella gimió fuerte cuando él le metió dos dedos en la raja, sintiendo lo mojada que estaba, cómo el coño le chorreaba por las piernas, y le susurró al oído que llevaba meses soñando con que le metiera la polla hasta el fondo. Él no necesitó más invitación: la levantó en volandas, le arrancó las bragas nuevas que había comprado esa misma tarde y la empaló contra la puerta de la suite con una embestida brutal que le hizo gritar de placer. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación mientras él la follaba como un animal, con el culo de ella rebotando contra su pelvis cada vez que la embestía hasta las entrañas, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su verga cada vez más cerca del orgasmo. Ella le mordió el hombro para no gritar cuando sintió que se corría, un chorro caliente que le resbalaba por los muslos mientras él le llenaba el útero de leche espesa, gruñendo como un cerdo mientras se vaciaba dentro de esa zorra que le había puesto los cuernos sin que su marido supiera nada. Cuando terminaron, ella se quedó tirada en la cama con las piernas abiertas, la polla de él aún goteando semen entre sus muslos, y solo atinó a reírse mientras le decía que mejor no se lo contara a su esposo si quería seguir follándosela en secreto.