Jony y Eneko juegan fuerte al amo y esclavo en la cama
Jony lleva meses persiguiendo a Eneko con miradas lascivas cada vez que se cruzan en el gimnasio, pero hoy el rubio de cuerpo marcado no se va a resistir cuando el moreno le sujeta contra el colchón con esos brazos de acero. Eneko, sudando la gota gorda después del entrenamiento, se deja caer boca arriba con las piernas abiertas sin necesidad de que le ordenen nada, solo esperando que su verga gruesa y palpitante le clave hasta el fondo. Jony no pierde el tiempo: se arrodilla entre sus muslos musculosos y se traga entera esa polla enorme que ya gotea por la punta, chupando con tanto ahínco que a Eneko se le escapan gemidos roncos que resuenan en toda la habitación. El moreno no aguanta más y lo levanta de un tirón, empujándolo contra la pared para empotrarlo con fuerza mientras le susurra al oído obscenidades sobre lo bien que le cabe esa verga dura en el culo prieto. Eneko se retuerce de placer al sentir cómo le estira el esfínter con cada embestida brutal, con las bolas golpeando contra su trasero cada vez que Jony se clava hasta el fondo, haciendo que sus gritos ahogados se mezclen con el sonido húmedo de la carne contra carne. El moreno le agarra del pelo para obligarlo a agachar la cabeza y le mete la polla en la boca de golpe, ahogándolo en un profundo garganta profunda que hace que Eneko se corra sin aviso, disparando chorros espesos de leche por toda su cara mientras jadea como un animal en celo. Jony no se detiene ahí: lo gira boca abajo y, con las manos en sus caderas, lo embiste como un salvaje hasta que el cuerpo de Eneko tiembla y se corre otra vez, esta vez empapando las sábanas con un líquido espeso y caliente que huele a sexo puro. Los dos quedan jadeantes, con los cuerpos pegajosos de sudor y semen, respirando entrecortadamente mientras se miran con una sonrisa pícara, sabiendo que esto no será la última vez que se descontrolen así. El cuarto huele a sexo crudo y a los jugos que se escurren entre las nalgas de Eneko, que no puede evitar gemir cuando Jony le mete un dedo en el culo aún tembloroso, arrancándole un último quejido antes de que ambos colapsen exhaustos sobre la cama revuelta.