Joe Goldberg se empotra a la mojada de su ex
La pendeja no pudo resistirse cuando lo vio llegar con la mirada llena de lujuria y la polla ya dura bajo el pantalón ajustado. En cuanto cerró la puerta del departamento, ella se le tiró encima como una perra en celo, mordiéndole el cuello mientras le bajaba el cierre de un tirón. Él la agarró del pelo y le escupió en la boca antes de empujarla contra la pared, sintiendo cómo el coño empapado le mojaba hasta los dedos al deslizarlos entre sus piernas. Ella gemía como una puta descontrolada, arañándole la espalda mientras él le arrancaba la blusa de un jalón para morderle los pezones duros. La levantó en vilo sin esfuerzo, clavándole la verga hasta el fondo en cuanto la tuvo contra el sofá, empotrandola con embestidas brutales que hacían temblar las paredes. Cada vez que la polla le llegaba al útero, ella gritaba como si se fuera a morir, con los muslos temblorosos y el maquillaje corrido por el sudor y los gemidos ahogados. Él no se contuvo ni un segundo, machacándole el culo con fuerza hasta que el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó el cuarto. Cuando sintió que el coño le apretaba como un tornillo, aceleró las embestidas hasta que ella se corrió con un alarido, empapándole la verja de leche espesa mientras la sujetaba con fuerza para que no se le escapara ni una gota. Él terminó descargando toda su rabia dentro de ella, gruñendo como un animal mientras le llenaba las entrañas de semen caliente, dejando marcas blancas en el vientre sudado y el pelo enredado en su puño. La muy zorra se dejó caer al suelo, jadeante y satisfecha, con las piernas abiertas y el coño goteando leche mezclada con sus propios jugos, mientras él se limpiaba los últimos restos de leche en el muslo tembloroso. No hizo falta decir nada después de eso: solo se miraron con una sonrisa de complicidad, sabiendo que esa no sería la última vez que el deseo los arrastrara al mismo infierno de sudor y gritos.