La vecina tiene las tetas y el culo de escándalo
Desde que se mudó al otro lado del pasillo, ella no se molesta en bajar la voz cuando gime como una puta bien follada mientras se toca los pechos frente al espejo empañado del baño. Hoy la pillé saliendo del ascensor con ese vestido ajustado que le marca cada curva, el escote bajando hasta casi dejarle los pezones al aire y ese culo que parece hecho a medida para que algún cabrón le hunda la polla hasta el fondo. No pude resistirme: le agarré el brazo con fuerza y la empujé contra la pared del rellano, sintiendo cómo sus tetas rebotaban contra mi pecho mientras le mordisqueaba el cuello y le susurraba al oído que llevaba semanas imaginando cómo le iba a empotrar ese coño bien mojado que se le notaba incluso con el vestido. Ella jadeó y me clavó las uñas en la espalda cuando le levanté la falda de golpe, dejando al descubierto unas bragas de encaje tan húmedas que se le pegaban al coño como si fueran parte de su piel. Sin perder tiempo, le arranqué la ropa interior de un tirón y le metí dos dedos bien profundos, notando cómo su carne se contraía alrededor de ellos mientras soltaba unos gemidos agudos que resonaban por todo el edificio. La giré contra la pared, le bajé el vestido hasta la cintura y le agarré las tetas con una mano mientras con la otra le guiaba la polla dura hasta su entrada, empalándola sin piedad mientras su coño chorreante se abría para recibirme. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan violentamente y sus gritos se volvían más agudos, mezclados con los sonidos húmedos de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado. Cuando noté que sus piernas empezaban a temblar, aceleré el ritmo hasta que sus gemidos se convirtieron en un coro de putas desesperadas y sus uñas me arañaron la espalda dejando marcas rojas que seguro le durarán días. Finalmente, con un último empellón brutal, me enterré hasta las pelotas dentro de ella y sentí cómo su coño se contraía en espasmos al correrse, empapándome la polla con su leche caliente mientras yo también explotaba dentro de ella sin parar de embestir, llenándola hasta el último centímetro de mi leche espesa que se le escurría por las piernas cuando por fin la solté.