Instructora de gimnasio se masturba en secreto entre clases
La rubia de curvas explosivas llevaba días sintiendo el calor entre las piernas cada vez que veía a sus alumnas sudorosas contonearse frente a ella. Hoy no pudo resistirse y, mientras las demás hacían sentadillas, se escabulló al vestuario vacío donde el aire olía a toallas húmedas y perfume barato. Con los muslos apretados y la respiración acelerada, se bajó el short ajustado y deslizó los dedos entre sus pliegues empapados, gimiendo bajito al sentir lo caliente y resbaladiza que estaba su raja. La tela del tanga se le pegaba como una segunda piel, empapada por los jugos que no dejaban de brotarle del coño cada vez que recordaba los cuerpos sudorosos rozándose contra su piel. Se lamió los labios mientras se frotaba el clítoris hinchado con movimientos circulares, imaginando que eran las lenguas expertas de sus alumnas las que le lamían los pezones duros bajo la camiseta ajustada. Un gemido ahogado se le escapó cuando hundió dos dedos bien adentro, sintiendo cómo las paredes de su vagina se contraían alrededor de ellos como si quisieran tragárselos. Se corrió en menos de un minuto, con los muslos temblorosos y la espalda arqueada contra la pared fría del vestuario, dejando manchas de crema espesa en el banco de madera mientras suspiraba entrecortadamente. Antes de que alguien pudiera descubrirla, se limpió los dedos con saliva y se subió el short, pero el rastro de su orgasmo seguía ahí, brillando entre sus piernas como un recordatorio de lo que acababa de hacer.