La esposa turca descubre a su marido en un juego prohibido
—¿Qué haces ahí?— susurra ella con voz temblorosa al ver a su marido con la polla dura entre las manos. Él gira la cabeza, los ojos llenos de culpa pero el cuerpo listo para seguir. La habitación está en silencio, solo se escucha el crujir de la cama cuando ella se acerca, el coño ya mojado de solo imaginar lo que viene. Él no puede parar, las caderas se mueven solas mientras se agarra la verga con fuerza, los dedos resbaladizos de tanto frotar. Ella se muerde el labio, sabe que esto está mal pero no puede evitar mirar, los pezones duros bajo el camisón transparente. Se arrodilla frente a él, la boca abierta y lista para chupar, pero antes de que pueda tocarlo, él la empuja contra la pared, las manos en su culo, los dedos hundiéndose en su carne caliente. Ella gime, el sonido ahogado contra su hombro mientras él la penetra de una estocada, la polla entrando hasta que las caderas chocan. Cada embestida es más fuerte, más rápida, los gemidos se mezclan con los golpes de carne contra carne. Él la levanta, las piernas alrededor de su cintura, y la empotra contra el espejo, el vidrio empañándose con cada respiro acelerado. Ella clava las uñas en su espalda, los músculos tensos bajo sus dedos, y cuando él se corre, lo hace con un gruñido ronco, la leche caliente manchando su vientre. Ella se queda quieta, el camisón arrugado en el suelo, la marca de sus dientes en el hombro de él.