Hermana reprobó examen y le castigué el culo
Desde que reprobó su examen de matemáticas por tercera vez, su coño estaba más mojado que nunca cada vez que la veía. Él, con esa polla que le colgaba como un trozo de carne madura lista para destrozarla, no pudo aguantar más y la agarró del pelo para arrastrarla hasta el baño. Con las tetas rebotando sin control mientras la empujaba contra el espejo empañado, le bajó el pantalón ajustado hasta las rodillas mostrando ese culo redondo y prieto que tanto le gustaba. Sin perder tiempo, le escupió en el coño para lubricar mejor y metió los dedos gruesos entre sus labios hinchados, haciéndola gemir como una puta en celo. Ella, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, le suplicó que no la dejara así, pero él solo sonrió y le dio una palmada en el culo que resonó como un trueno. La volteó de golpe, le separó las nalgas con las dos manos y le clavó la verga hasta el fondo, arrancándole un alarido que le erizó la piel a cualquiera que pasara por ahí. Las embestidas eran brutales, cada golpe hacía rebotar sus tetas pesadas contra el mármol frío del lavabo mientras él le agarraba las caderas con fuerza de hierro. Ella no tardó en correrse, empapando la polla de leche espesa que le resbalaba por los muslos, pero él no se detuvo ahí: la sacó de sopetón, la giró y le metió la lengua en el culo antes de volver a empalarla con furia salvaje. Los ruidos de carne mojada y gemidos ahogados llenaban el cuarto mientras el culo se le abría como una flor podrida, dejando escapar chorros de meados por los bordes cuando el orgasmo la destrozó por segunda vez. Él, lejos de acabarse, la levantó en peso y la empotró contra la pared, metiéndole la polla hasta la garganta para que tragara su leche caliente mientras el coño le temblaba con espasmos incontrolables. El culo le quedó marcado con los dedos de él, rojo y brillante, y el olor a sexo barato inundó el aire como un recordatorio de quién mandaba en esa casa.