Detrás de cámaras: mi venganza con el marido de Pynkmansroom
La luz tenue del estudio iluminaba mi cuerpo desnudo, el espejo reflejaba mi culo perfecto mientras me ajustaba los tacones altos. Sabía que él estaba mirando, que su polla se endurecía al ver cómo me movía, cómo mi coño ya estaba mojado antes de que él siquiera me tocara. Me acerqué a la cámara, sonriendo con malicia, porque esta vez no era para él, era para su marido, para Pynkmansroom, el que siempre se creía el dueño de todo. Me arrodillé frente a la lente, chupando mi dedo índice con los ojos clavados en la cámara, imaginando que era su marido el que me miraba, el que se moría de celos al verme así, tan puta, tan dispuesta a dejarme follar por otro. El tipo entró en escena, su verga enorme ya lista, y yo me incliné sobre el sofá, separando las nalgas para que viera bien mi coño depilado, brillante de tanta humedad. Me penetró de una estocada, llenándome hasta que sus pelotas chocaron contra mi piel, y yo gemí como una perra en celo, sabiendo que su marido lo vería todo, que no podría evitar imaginarse mi boca alrededor de esa polla, mi culo apretado recibiendo cada embestida. Me corrí gritando, sintiendo cómo su leche caliente me llenaba, y me di la vuelta para mirarlo a los ojos, para que viera mi cara manchada de semen, mi cuerpo temblando de placer. Cuando terminé, me levanté y me limpié con los dedos, llevándolos a mi boca para saborearlo, para que él supiera que yo había ganado. Su marido no dijo nada, pero su mirada lo delató: estaba furioso, celoso, y eso era exactamente lo que yo quería.